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Arturo Illia: engrandecido en el tiempo

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El 18 de enero de 1983, en la ciudad de Córdoba, se apagaba la vida de quien fuera presidente constitucional, e injustamente derrocado por los militares con la complicidad civil y sindical en 1966, Arturo Umberto Illia. Su figura, desde el derrocamiento, se fue engrandeciendo, al igual que ha pasado a lo largo de la historia con muchas otras, quizás no solo por sus virtudes sino también por las enormes defecciones de quienes lo sucedieron hasta su muerte, y por encarnar esos valores de la Democracia y la República todavía hoy en parte inconclusa.
Illia ha calado hondo en el imaginario popular como un estandarte de honestidad, propio de ese radicalismo que no rehuyó a ser un partido de poder, pero lo cierto es que fue mucho, muchísimo más que tan solo un gobernante honesto. En su Presidencia, en la que no hubo presos políticos ni estado de sitio, se activó la economía y el crecimiento del PBI ascendió a 10,3% en 1964 y 9,5% en 1965, la industria creció el 18,9% y el 13,8% en cada uno de esos años: fueron los mayores niveles registrados hasta aquel momento desde que se llevaban estadísticas. 
También se incrementó la participación de los asalariados en el ingreso nacional, pasando de 36,4% en 1964 al 41,1% en 1965. Bajó el desempleo de 8,8% en 1963 al 5,2% en 1966. La salud y la educación fueron prioritarias en la agenda gubernamental, asignándoles las mayores partidas presupuestarias, destacándose en las universidades un clima de libertad académica que no solo concretó los principios de la Reforma Universitaria, sino que mejoró notablemente el nivel educativo. 
Hasta aquí algunos datos para demostrar, como se dijo, que Illia fue mucho más que un gobernante honesto, que, como dijo Tato Bores, no es que fuese lento (lo apodó Tortuga la prensa vernácula de Mariano Grondona y Jacobo Timerman), sino que los que le siguieron fueron muy rápidos. 
Su progresismo no fue discursivo y tampoco necesitó de histrionismos para evidenciar firmeza, como lo demuestra su relato con respecto a la pretensión de David Rockefeller de radicar el Chase Manhattan en Argentina, acompañado de su socio criollo José Martínez de Hoz. La cuestión es que el banquero le exigió a Illia cambiar la ley de bancos para poder radicarse en Argentina, a lo que Don Arturo, a través del intérprete, le dijo: “Pregúntele al señor Rockefeller qué pensaría si un banquero argentino le exigiera al presidente de los Estados Unidos que cambie la ley de reserva federal para invertir en ese país. Dígale al señor Rockefeller que esta audiencia ha concluido”. 
Lo cierto es que tres meses más tarde fue el golpe orquestado por las 40 manzanas que rodean la Casa de Gobierno, con el apoyo de sectores sindicales, peronistas, frondizistas y también del integrismo católico. El dictador Juan Carlos Onganía reformó la ley de bancos siguiendo punto por punto lo que indicó Rockefeller…
Han pasado casi 40 años de la partida de aquel médico de pueblo que llegó a presidente de la República, no viene nada mal mirarlo a Illia en este querido país donde el progresismo es una quimera, los valores republicanos, y fundamentalmente la honestidad en el manejo de la cosa pública no abundan. Seguirá siendo un espejo donde mirarnos, una conducta de inspiración aquel presidente al que afectuosamente lo llamamos Don Arturo.



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