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A los 105 años falleció doña Hortensia, sinónimo de humildad

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En la última entrevista que le realizamos, en octubre del año pasado con motivo de su cumpleaños 105, nos dijo que “cuando Dios diga, va a estar bien”. Fue ayer, a eso de las seis y media de la tarde, y doña Hortensia estaba en paz.

Sufrió en la última semana los efectos del coronavirus en su cuerpo, aunque parecía que mejoraba. El martes, al despertar, pidió un Gatorade. Anduvo mejor durante el día, se durmió tranquila, pero ayer ya era una lucha a brazo partido para continuar. Y no pudo más.

En aquella entrevista repasó páginas de la historia argentina que parecen tan lejanas... El terremoto de San Juan, aquel en el que se conocieron Eva Duarte y Juan Perón, en enero de 1944. “Escuché que hacía falta donantes de sangre y me anoté. Todavía tengo el carnet”, recordó. Y esa actitud la pinta como la persona que fue, un sinónimo de humildad, de humanidad.

“Fue una adelantada para su época. Una mujer separada, con hijos, que se dedicó a trabajar a destajo para mantener a su familia y juntar, peso a peso, el dinero para levantar su casa propia”, escribió entonces nuestra compañera Patricia Gatti.

“Fuimos unos de los primeros que nos vinimos al barrio San Martín, del Hospital para acá. Estaban los Chirino y otras familias más. El resto era todo monte... Si podía juntar unos pesos para 100 ladrillos, los compraba. Otra vez eran 50 y así levantamos las paredes. Me acuerdo que cuando llegamos al techo me faltaba plata para una bolsa de cemento. No tenía un centavo y los chicos Tossoroni, que eran los albañiles, pusieron plata y pudimos comprar la bolsa para techar”, narró Hortensia.

Así, con paredes y techo, pero sin ventanas ni puertas, se fue a vivir a la casa de Mendoza y 17 de Agosto, en el barrio San Martín. Porque “antes no había problema, porque nadie te iba a llevar nada”.

En la actualidad vivía a unas cuadras del lugar, en la vivienda de una hija -ya fallecida- para acompañar a la familia que la siguió necesitando.

“Que Hortensia era el modelo y la líder de la familia, nadie lo duda”, escribía la periodista.

Tal vez, esa actitud la heredó de su antepasado, el cacique Tulián. “Mi mamá era de San Marcos Sierras, descendiente del cacique. Una vez fue allá porque mi nieto, Luis López, me regaló el viaje y me dieron una bienvenida bárbara, por ser descendiente del cacique”, rememoró la mujer que acaba de despedirse en lo terrenal.

Su papá policía era riojano. Ella nació en Coronel Moldes, pero de muy chiquita se fue a Córdoba capital. Y desde muy chica fue trabajadora. De empleada doméstica “cama adentro” hasta llegar a desempeñarse como jefa de cocina.

“En gastronomía empecé en un hotel de Córdoba lavando cubiertos. Antes había que pasarles ‘Puloy’ y contrataban a una persona para eso”, comentó.

Un día, recuerda, hubo un paro de gastronómicos y los sacaron a todos. Por una amiga de Villa María fue recomendada a trabajar en esta ciudad. “Así que agarré un bolsito y me vine”, dijo.

Ya instalada en un comedor que hacía las veces de parador en la calle Hipólito Yrigoyen, hacía diariamente su labor como lavaplatos. Hasta que un día se enfermó el jefe de cocina. El menú del día eran tallarines con peceto mechado y el subjefe le dijo al dueño que él no sabía amasar. “Ahí nomás le dije que yo sí sabía, porque aprendí de los mejores. En el hotel donde limpiaba los cubiertos había un gallego que era un cocinero bárbaro, pero no le gustaba ni que lo miraran. Yo lo espiaba y así aprendí, además de lo que sabía en mi casa, por ejemplo, hacer tallarines lo aprendí en mi casa”, confió.

El éxito de esas pastas hicieron que al poco tiempo fuera la jefa de la cocina del lugar. Después, buscando mejores ingresos, fue cambiando de empleos hasta que le llegó su ansiada jubilación.

Doña Hortensia, como todos la conocen en Villa María y los alrededores, era una experta en la elaboración del locro, que con solo estar asociado a su nombre garantizaba ventas extraordinarias. Llegó a hacer, para beneficio del Hospital, unas cinco mil porciones.

-¿Y cómo fue que te hiciste fama como la mujer que hace el locro más rico del mundo?, le preguntó la periodista.

-Eso dicen, no sé. Mi mamá hacía locro; un locro pobrecito, sin carne. Y cuando se iba a trabajar en la escuela donde era portera nos dejaba a nosotros, que éramos chiquitos, anotado paso a paso lo que teníamos que hacer para seguir con el proceso. Después de más grande, ya acá en Villa María, estábamos comiendo en el Club Campeadores y el presidente nos preguntó qué podíamos hacer para juntar plata para comprar los equipos para los chicos. “Un locro”, dije yo. Me preguntó qué era un locro, porque nadie sabía qué era. Esa vez hicimos en una ollita 40 porciones y volaron. La gente que se había llevado una porción volvía por más y no había más nada. Era un locro al que yo le había agregado de todo, no como el de mi mamá. Así que para seguir con las ventas uno del club hizo una paila y empezamos a hacer más cantidad. Lo hicimos durante 36 años. Y cuando me jubilé me dediqué a eso. Seguí haciendo locro, hasta hace dos años que faltó mi hija. Ahora le di la receta, con todos los pasos anotaditos, a mi nieto Luis.

Ultimamente, una joven la ayudaba por la mañana, porque no podía caminar. “Me baño tempranito y me siento acá, en la cocina, y paso el día gustosa. Desayuno una taza de leche y almuerzo con la familia. Siempre poquito, porque no tengo tanta hambre. Me gusta el silencio, mirar por la ventana, tejer mientras puedo...”.

Había recibido a este medio sentada frente a la mesa de la cocina, con su teléfono a mano, un control remoto solo para ver qué hay en la tele y ver “Pasapalabra” y alguna novela.

Eran las horas previas a su cumple y confió que un deseo era que la visitara el intendente: “Mirá, conozco a Martincito desde que era un chico travieso que iba a la iglesia. Lo quiero mucho, no entiendo mucho de política, pero a él lo quiero mucho. Sería un lindo regalo que me venga a visitar... Te cuento más, siempre me pregunta si necesito algo y le digo que nada, que no me hace falta nada, por ahí un poco de leche, porque también aumentó. Pero un día le dije que pavimentara la 17 de Octubre porque no podía hacer con la silla de ruedas las tres cuadras que van de mi casa a la de mi hija. Pasó poco tiempo y llegó un hombre con dos mujeres y me dijeron que me preparara, porque iban a pavimentar. Y acá está la calle, con el asfalto”.

Pasaron unos días más y recibió la visita y el abrazo con el intendente. Casi que podría decirse que en ese acto se sintieron identificados todos. Ese abrazo es el que hoy le damos todos. Descanse en paz.



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